Carlos Julio Arosemena, el tribuno impenitente




Recuerdo cuando fui a entrevistar a Carlos Julio Arosemena Monroy, a su casa en la calle Los Ríos, en marzo de 1979. Faltaba un mes para la segunda vuelta entre Jaime Roldós y Sixto Durán Ballén. Postulaba como legislador nacional a la Cámara de Representantes por el Partido Nacionalista Revolucionario, conformado por excolaboradores de su administración (1961-1963). No apoyaba a candidato presidencial alguno, asegurando que ambos eran “malos”.

Al terminar, me despedía cuando me invitó a tomar un whisky en su biblioteca. Era un cuarto grande que acomodaba 3 000 o 4 000 libros. Al terminar la botella en amena conversación, me iba a retirar agradeciendo la cortesía, cuando me dijo: “Y, ¿adónde va joven Aspiazu?”; le respondí: “me tengo que ir a trabajar doctor Arosemena”; él, con el ingenio que le caracterizaba, contestó con sonrisa pícara: “eso de trabajar es propio de esclavos, venga que abrimos otra”. Tuve que insistir en retirarme.

La afición por la bebida fue parte de su personalidad política. A nivel popular no importaba sino como una cuestión anecdótica y hasta humorística; lo que prevalecía era su reconocimiento como un dirigente auténtico y honesto; de forma irónica, él mismo hacía referencia a lo que denominaba sus “vicios masculinos”.

En esencia era rebelde e irreverente, sin cargos de conciencia, esto es, un impenitente natural. De inteligencia aguda, irónica y además cínica, gustaba de la elaboración de frases lapidarias, que podían destacarse en titulares de los periódicos. Buen orador, aprovechó de sus dotes para arremeter contra sus adversarios cada vez que ocupó una curul.

Su vasta cultura le permitía apelar a escritores clásicos, al igual que a ensayistas de la Ilustración o novelistas románticos europeos del siglo XIX, de forma que disponía de un poderoso arsenal dialéctico para zaherir a sus oponentes.

Nació en Guayaquil el 24 de agosto de 1919. Perteneció a familias de abolengo; por el lado paterno era nieto del banquero Eduardo Arosemena Merino e hijo de Carlos Julio Arosemena Tola, fundador del Banco de Descuento y presidente constitucional interino (1947-1948).

El destino quiso que padre e hijo ejercieran la primera magistratura sucediendo a José Velasco Ibarra, tras infructuosos intentos dictatoriales en el segundo (1944-1947) y cuarto velasquismo (1960-1961).

Como legislador del Partido Velasquista en 1952, ocupó brevemente la presidencia de la Cámara de Diputados, y pasó a desempeñarse como ministro de Defensa en la tercera administración de Velasco (1952-1956). Estuvo de vuelta como diputado por el Guayas en el Congreso de 1958.
Su siguiente paso como director del Frente Nacional Velasquista fue ser binomio en fórmula presidencial con su mentor y líder, que triunfó abrumadoramente en las elecciones presidenciales de 1960.

Eran tiempos de la Guerra Fría exacerbada por el triunfo de la Revolución Cubana y su poderoso influjo en la región, donde se radicalizó una corriente anticomunista. En este ambiente, el vicepresidente Arosemena, que a la vez era titular del Congreso bicameral, aceptó una invitación del Presidium Supremo del Soviet (Parlamento) de la hoy desaparecida Unión Soviética, sin importarle la desautorización de su jefe y del Consejo de Ministros. El resultado fue una ruptura que tendría un efecto desestabilizador.

Luego de la sangrienta represión de una manifestación estudiantil en Guayaquil, el 7 de noviembre de 1961, Velasco se declaró dictador con apoyo del mando militar, ordenando la detención de Arosemena y de una docena de parlamentarios. Pero en cuestión de 48 horas distintas unidades castrenses se pronunciaron contra el golpe de Estado, de modo que los prisioneros fueron liberados y el Congreso pudo dar paso a la sucesión presidencial.

Desde el balconaje del Palacio de Carondelet, el flamante Mandatario de 42 años declaró que su gobierno “será de paz y concordia, en el que imperará la ley y se terminarán los privilegios”. Su ascenso al poder fue celebrado por Fidel Castro, quien señaló que el pueblo ecuatoriano había obtenido una gran victoria sobre los imperialistas.

Expidió un Decreto creando el decimotercer sueldo, el aguinaldo navideño que se mantiene como un beneficio laboral. Igualmente, una reforma a la Ley de Inquilinato que permitió rebajar el pago de los arrendamientos. Continuó impulsando la ejecución del plan vial, que venía transformando las carreteras del país.

Mejoró los servicios de comunicaciones de redes alámbricas para telefonía fija y de enlaces microonda, impulsando la naciente televisión y la radiofonía. Creó Tame, que sirvió para abrir nuevas rutas de conexión aérea en el territorio nacional. Con su apoyo se abrieron universidades.

Durante 433 días se empeñó en ejercer al margen de eventuales extravíos, que no afectaban su agudeza y perspicacia. “El Gobierno Nacional respetará el orden jurídico y la organización económica del país, basada en la propiedad privada, en la libre iniciativa, en la libertad de mercados y de precio que sirvan de forma eficiente y progresista, al margen de formas económicas atrasadas y, como tales, antieconómicas”, declaró a El Universo.

Al recibir una carta del presidente norteamericano John F. Kennedy instando al Ecuador a sumarse a la expulsión de Cuba de la OEA, contestó diciendo que proviniendo la solicitud de una gran potencia al Presidente de una pequeña nación, entrañaba una orden que no estaba dispuesto a aceptar.

Es memorable su foto recibiendo sentado en pantalón de baño, con gafas oscuras, en la playa de Ballenita, Santa Elena, al vicecanciller cubano Carlos Olivares, que aparece en cuclillas en terno. Era un último intento para mantener apartado al país del alineamiento hostil del resto de la región.

En octubre de 1962, la situación se tornó insostenible al estallar la crisis de los misiles rusos en la Isla. La presión de los militares ecuatorianos obligó a Arosemena a dar el paso que tanto había resistido: el rompimiento de las relaciones diplomáticas. Castro no tardó en reaccionar calificándolo de cobarde y borracho, vaticinando que pronto sería depuesto por estos (no se equivocaría).

Sin duda conspiró contra la estabilidad del régimen la conducta del Jefe de Estado. En diciembre de 1962 se produjo la visita del presidente chileno Jorge Alessandri a Guayaquil. Lo recibió ebrio, excediéndose de confianza al darle una palmada en el trasero al viejo Mandatario cuando se dirigían a embarcarse en el automóvil. En el almuerzo de honor que se le brindó en el Club de la Unión, al no estar en capacidad de dar las palabras de bienvenida, se le encargó tal honor al expresidente Carlos Arroyo del Río, un redomado orador.

Rafael Guerrero Valenzuela, prestigioso radiodifusor ya desaparecido, me contó que él y su socio Voltaire Paladines Polo, a la sazón gobernador del Guayas, lo fueron a ver esa mañana a su residencia para que estuviera en inmejorables condiciones. Estaban en su cuarto conversando cuando lo vieron entrar sobrio al baño para ducharse; por seguridad hicieron una inspección previa del lavabo. Pero al salir estaba muy tomado; con alguna maña había mantenido oculto el licor.

El siguiente bochorno ocurrió el 10 de julio de 1963, en una recepción al gerente de la naviera estadounidense Grace Line, Robert Stranton, en el Palacio de Gobierno. El Presidente bajó de sus habitaciones en estado etílico. Dijo que “el Gobierno de Estados Unidos explota a América Latina y al Ecuador”, mientras denunciaba supuestos intentos de golpismo de una potencia extranjera. El embajador Maurice Bernbaum estaba presente, y se encargó de rechazar la excusa posterior de Arosemena.

Al día siguiente, se produjo el golpe de Estado por parte de una Junta Militar encabezada por el contralmirante Ramón Castro Jijón, cuya figura más influyente era el coronel Marcos Gándara Enríquez. En su proclama se justificó: “Nace un clamor gigantesco que pide el restablecimiento de los valores morales en un país que está en riesgo de ser precipitado a los abismos de la disolución y anarquía, por obra de la corrupción de un gobierno irresponsable…que se ha convertido en cómplice de la infiltración comunista”.

Mucho se ha escrito sobre la injerencia de la CIA en su derrocamiento, pero en la práctica no fue decisiva. Sus errores lo condujeron al descrédito, factor que impuso su relevo. Exiliado a Panamá, volvió a la arena política en 1967 como diputado ante la Asamblea Constituyente. Hizo las paces con Velasco, a quien apoyó en la campaña que lo llevó nuevamente al poder en 1968.

En el retorno al orden constitucional, en 1978, quedó impedido de participar como candidato a presidente, junto al propio Velasco y Assad Bucaram. Pero al año siguiente obtuvo una curul y promovió la ley de 40 horas de trabajo semanal y el decimoquinto sueldo.

Su ciclo político se cerró en el Congreso de 1992, adonde llegó bajo los auspicios de la Unión Republicana del presidente Sixto Durán Ballén.
Falleció de avanzada edad el 5 de marzo del 2004, en medio de la consternación general. Entonces, el veterano velasquista Manuel Araujo Hidalgo recordó que Carlos Julio había dicho que sería eterno, una mordacidad propia de él que se cumpliría en su condición de personaje inolvidable.  

*Periodista, historiador. De su libro ‘Hechos y personajes’.

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