Tres novelas que exploran el dolor en la vida cotidiana




Imagine que está sentado frente al proscenio de un teatro observando la historia de una familia. El encargado de contar la historia es Lucas, el hijo de un matrimonio agrietado por el paso del tiempo. El chico está parado frente a la casa de su infancia, un mundo poblado de recuerdos y de secretos.

Ahora imagine que junto a esa casa hay un jardín lleno de bichos, de plantas y de tierra y que, mientras Lucas cuenta su historia, usted logra ver cada una de las capas de existencia que en algún momento recubrieron a ese jardín, a esa casa y a esa pequeña familia.

La creación de una atmósfera teatral llena de momentos cotidianos es una de las atracciones narrativas de ‘Nuestra piel muerta’, la novela de la escritora cuencana Natalia García Freire, editada por la editorial española La Navaja Suiza. Esta es una publicación que el periodista y crítico español Jorge Carrión incluyó en una nota que se publicó en el The New York Times sobre los 12 mejores libros del 2019.

Si a alguien se le ocurriría preguntar cuáles son los olores que pueblan las escenas que se suceden en ‘Nuestra piel muerta’ se podría responder que son los de la tierra húmeda, los de las bolitas de naftalina y el de la leche de vaca recién ordeñada. Esos olores son los que activan en la memoria de Lucas mundos donde vuelve a recordar la relación que tenía con su padre y con su madre, con las mujeres que lo criaron y con los dos hombres que un día llegaron a su casa para cambiarlo todo.

‘Nuestra piel muerta’ es una novela herbaria en la que los polylepis, por ejemplo, sirven como metáfora para mostrar que así como el tronco de este árbol de páramo se descascara y deja caer pedazos de hojas a lo largo de su existencia, la vida de una familia puede descascararse hasta que no quede más que pedazos de piel sin vida.

Esta metamorfosis que hombres y mujeres sufren a lo largo de su vida también está presente en ‘Sanguínea’, la primera novela de Gabriela Ponce publicada por Severo editorial y en ‘Siberia, un año después’, de Daniela Alcívar Bellolio, que a finales del 2019 fue reeditada por la editorial Candaya.

En ‘Sanguínea’, la protagonista es una mujer que, durante el complejo proceso de separación con su pareja, conoce a un hombre con quien entabla primero una relación sexual y luego una relación afectiva. Esto le permite redescubrir ciertos placeres de la vida, entre ellos el del contacto con el cuerpo de otro y con el suyo.

El abandono, la soledad, la nostalgia, la orfandad y la maternidad o la ausencia de ella son puntales del ejercicio narrativo que Ponce emprende en esa novela. Sirven para mostrar que, a veces, las heridas del pasado pueden sanar no a través del olvido, sino de un ejercicio cotidiano de recuerdo y de memoria.

Algo similar sucede con ‘Siberia, un año después’, una novela en la que Alcívar Bellolio vuelve sobre el acontecimiento más doloroso de su vida: la muerte de su hijo recién nacido. En esta obra conmovedora, el duelo de una madre está matizado por la continua descripción de escenarios, sobre todo, de Quito y Buenos Aires, y de un cuerpo y un alma llena de heridas y de dolores.

La escritora colombiana Piedad Bonnett ha dicho que escribir de un hijo muerto, ella lo hizo en ‘Lo que no tiene nombre’, es uno de los ejercicios narrativos más complejos a los que se puede enfrentar un escritor. Alcívar lo hace sin caer en la autocompasión y con una escritura que interpela al lector sobre una de las relaciones más complejas que puede tener un ser humano, la que tiene sus miedos y dolores.

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