Punto de inflexión – El Diario

Punto de inflexión – El Diario


Gonzalo H. Vallejo A.
Columnista

Un giro inesperado trastocó el orden y sentido de nuestras vidas. La pandemia ha sido el acontecimiento que, en el marco espacio – temporal de una “sesentena”, activó sentimientos, emociones y percepciones que nos han puesto a revaluar paradigmas, principios y valores. A eso le llamamos “punto de inflexión”. Hoy decidimos dar a muchas de nuestras actuaciones, más que el perjuicio que causa la certeza, el beneficio que otorga la duda. La historia reciente, después de balances y filtros, revalúa aquellas cosas que obtuvimos sin saber por qué ni para qué; recuenta los males que nos agobian y concluye que muchas cosas que están sucediendo, hubieran podido evitarse. No hemos aceptado que el éxito y el fracaso han sido nuestros incómodos y conflictivos vecinos. Cerramos la puerta al error sin intentar reconocerlo y, al hacerlo, dejamos también la verdad por fuera.

Ahora comprendemos que debimos abandonar las zonas de confort, solvencia y soberbia y aceptar que el secreto del crecimiento personal y organizacional está en rodearnos de gente más inteligente y competente que nosotros. Desechamos el camino penoso que conduce al triunfo y preferimos el desvío y el atajo que nos conducía fácilmente a él sin percatarnos que la cumbre colindaba con el borde del abismo. Creíamos que en el mundo empresarial el mercado era la medida de todas las cosas; que el gran negocio estaba en magnificar las trivialidades de los clientes; que programar el tiempo era ahorrarlo; que lo que no era medible no era mejorable. Sabíamos el precio de todo cuando lo que conocíamos era el valor de nada; pensábamos que, para alcanzar resultados, el recurso debía destinarse sólo a la búsqueda de la oportunidad y no a la solución del problema.

Suponíamos que todo era negociable, hasta la conciencia. Hoy corroboramos que la obligatoriedad del interés personal, financiero o corporativo no puede estar nunca por encima de la responsabilidad y el compromiso sociales; que la prospectiva empresarial no puede estar enfocada en el cálculo generador de utilidades y sólo visto a través del prisma de la rentabilidad y el crecimiento; que la planeación estratégica no está simplemente en ordenar objetivos y acciones en el tiempo. Olvidamos que el miedo no une, simplemente crea gregarismos. Fue así cómo decidimos abandonar el esquema frío y rígido del odioso organigrama y valorar el diálogo permanente, interactivo, horizontal y circular a través del cual los valores e idearios se encarnan, fluyen y se efectivizan reforzando nuestras metas corporativas… Entendimos al fin, que una empresa incomunicada es una empresa muerta.

Nos dimos cuenta de que la eficiencia y eficacia van más allá de controlar rendimientos y promulgar, memorizar y recitar misiones visionales. Hoy ya sabemos que se debe priorizar y estimular el trabajo por resultados; construir empresa con base en la comunicación y la responsabilidad individual y corporativa; preparar a la gente para emprender caminos inciertos y abonar el terreno para cultivar actitudes de cambio.

Aprendimos a creer en nosotros más que en rutilantes y vanos indicadores de logro; a ver que el trabajo coherente, libre, comprometido y persistente no tiene precio alguno; que la utilidad no es el resultado de conocer, sino de aplicar lo que sabemos; que somos convicción, destreza y hábitos adquiridos a través de la resiliencia, la iniciativa y la perseverancia; que el futuro hay que engendrarlo. Hoy por fin sabemos que si no cambiamos, el cambio nos cambiará.

enmocoa

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