La literatura de la mariposa desmembrada

La literatura de la mariposa desmembrada


Diego Firmiano

“Estamos en mora de arriesgar trabajos críticos y, si se quiere, ambiciosos, que den cuenta de la amplia producción cuentística en el llamado Gran Caldas o el Eje Cafetero”
Rigoberto Gil Montoya
Territorios

La literatura en Risaralda es un fenómeno que sucede cada diez años, tal como puede rastrearse al menos desde 1967 hasta la fecha. Escritores o mejor, creadores, que han apostado por una vocación escritural que tiene un futuro a largo plazo. Y digo a largo plazo porque la cultura en algunos momentos es tardía para reconocer el talento que anida en cada región, aunque en este departamento existe una salvedad con las generaciones que pertenecen a la pereiranidad, o mejor, al grueso de autores foráneos que son risaraldenses a fuerza de vivir, crear, o hacer carrera literaria en esta latitud.

Pensemos en la Generación grandiosa, los nacidos entre 1901 y 1927, con figuras como Luis Carlos González, Euclides Jaramillo Arango, Néstor Cardona Arcila, o Benjamín Baena Hoyos, (solo por citar algunos); pensemos también en la Generación silenciosa, en los nombres de Albalucía Ángel, Silvio Girón Gaviria, Luis Fernando Mejía, Hugo Ángel Jaramillo; sucesivamente la Generación del incendio, que produjo poetas tan buenos como Hernando López Yepes, Alfonso Marín Hernández, Ana María Jaramillo, Eduardo López Jaramillo; finalmente (antes de hablar de la Generación del Milenio) meditemos en la Generación de la constitución, con creadores tan importantes para la ciudad y la academia como Alberto Verón Ospina, Rigoberto Gil Montoya, William Marín, Francisco González Lotero, entre otros.

Esto es, a vuelo de pájaro, algunos antecedentes (y algunos nombres) de lo que podríamos llamar nuestra literatura regional. Obviamente, habrá que revisar qué autores, con qué propuestas, encajan en los diferentes intereses de los lectores, pues muchos fueron poetas, otros ensayistas, y la mayoría, novelistas o cuentistas, que nos legaron ricas historias costumbristas, tristes relatos de violencia, guiones del narcotráfico, distopías urbanas, etcétera, que siempre, sin lugar a duda, serán creaciones hijas de su época, sin que por ello sean menos importantes como referencia o como testamento literario.

Es de resaltar, igualmente, el papel de los medios impresos en toda esta configuración cultural del departamento. La Imprenta Nariño; las primeras tipografías; El Diario; El Imparcial; La Tarde; y en la modernidad, medios digitales como La Cebra que Habla, La Cola de Rata, Ciudad Cultural, Diario La Nube, Diámbulos, Ojo al Eje, y ahora, de cara a un nuevo público, el magazín literario y digital El Imparcial. Una continuidad de ese vespertino fundado en 1948, por Rafael Cano Giraldo, y por el cual pasaron muchos buenos nombres como Miguel Álvarez de los Ríos, Héctor Ocampo Marín, Dukardo Hinestroza, entre otros.  Pero avancemos, porque estos medios culturales y virtuales que he mencionado, prometen ser una extensión de las buenas letras gestadas en Risaralda, en autores que se diversifican cada vez más, mostrando la riqueza y la fe del arte y la producción espiritual.

En esta línea propongo un salto cuantitativo en el tiempo, para ubicarnos en las modernas propuestas literarias en la región ya que, desde el año 2000 hasta el presente, hay voces frescas y nuevos rostros culturales en Pereira y en los catorce municipios de Risaralda. Hablo de la Generación del Milenio. Colectivo de hombres y mujeres que no deben ser encasillados en la mal llamada literatura posmoderna, sino mejor, epimoderna. Y con esto me refiero, por supuesto, a los escritores, que emergen de varios estamentos sociales e intelectuales.

Por un lado, están los hijos de la academia, es decir, las promociones que surgen de la escuela de Literatura y Lengua Castellana de la Universidad Tecnológica de Pereira; luego los autores que toman renombre al ganar premios y concursos presentados por las diferentes instituciones de la ciudad (Concurso de Novela Aniversario Ciudad de Pereira, Convocatoria de Estímulos, Premio de Novela Klepsidra, FELIPE, el concurso del Magisterio, etcétera); consecuentemente los creadores epimodernos promocionados por las varias editoriales privadas, artesanales, o independientes; y por último, las tertulias en los cafetines que garantizan, indirectamente, la continuidad de la tradición literaria en Risaralda.

En fin, son varias las vertientes que borbotean ricas producciones literarias en la región con una calidad artística sin parangón. Pensemos en propuestas frescas como Elizabeth y las manzanas de Diego Alexander Vélez-Quiroz; hoguera en eclipsiris, a tres voces con Hernán Mallama Roux, Luis Enrique Tabares, y Juan Carlos Quintero; La dieta de la hiena, del aforista Gustavo Acosta Vinasco; Las cinco noches del olvido de Carlos Vicente Sánchez; Lo invisible de Giovanny Gómez; De lo que soy de Andrés Galeano; o Nubes de un cielo que no cambia de Dufay Bustamante. (La lista podría ser un catálogo).

Dicho esto, se puede concluir que esta introducción es apenas un bosquejo de toda la gama de escritores que tenemos en la región. Porque la literatura no tiene edad, geografía, o tiempo determinado, sino que esta disciplina siempre es un devenir, una constante, que se afirma para relucir la belleza interior del ser humano. Solo resta afirmar que enhorabuena por El Imparcial y los medios culturales y digitales, además, claro, de las personas que están involucradas en esta visión de cultura, ya que en Risaralda se hace necesario fomentar el espíritu de la multiplicidad y la variedad, o, en otras palabras, impulsar la cosa literaria.
De igual forma, a la par que vemos nuevos nombres y nuevas obras escriturales, la reflexión nos guía a ser persistentes con la llamada Crítica Literaria, o ese género incómodo, pero necesario, que busca reseñar, comentar, analizar, recomendar libros o autores regionales a un vasto público lector, cada vez más habido por novedades.

Sin Crítica formal, huelga decir, no habría pensamiento crítico, porque hay obras para pensar y obras para sentir; hay libros para ver y hay libros para no volver a ver. Por ello reafirmo que el buen Crítico nunca estorba, sino que ayuda y suma, y su misión, entre otras cosas, contiene el carácter pedagógico necesario para guiar a los lectores, porque él mismo se constituye un lector, aunque un lector más alerta y más completo, con una sensibilidad extremadamente aguda.

Sin más, este panorama y estas consideraciones pretenden que se piense en la literatura diversificada en géneros, estilos, estructuras, calidades, autores, y también, en los límites, o en la ruta que nos permitirá tener eso que muchos teóricos llaman tímidamente un canon de la literatura risaraldense. Personalmente no dudo que tengamos un Canon, y en otra ocasión, si el espacio me lo permite, expondré tales razones. Por ahora, ahondemos en la belleza y el espíritu de nuestras buenas letras regionales.
Salud.

enmocoa

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